La salud viene de dentro

prólogo al libro
UNA MEDICINA VIVA. PERSPECTIVAS EN TORNO A LA MEDICINA CHINA

Ed. La liebre de marzo, 2013

El hidalgo cultiva la raíz.
Una vez establecida la raíz, nace la vía.[1]

 

Yo quería ser músico.
Siempre había sido amante de la música y, finalmente, me decidí a dejar mis estudios universitarios para dedicarme profesionalmente a la batería. Empecé a practicar cada día algunas horas, pues sentía la necesidad de ocupar el tiempo con lo que más me llenaba. Día a día practicaba más y más, y pronto comprendí que estaba empezando un camino cuyas recompensas eran generosas. La música me regalaba felicidad, y me convencí de que entregarme a ella había sido la mejor decisión que hubiera podido tomar.
Los frutos no tardaron en llegar. Pronto descubrí que tenía una sensibilidad desconocida hasta aquel momento. Aprendí a escuchar con más atención, a moverme con mayor precisión y a ser más consciente de todo lo que ocurría a mi alrededor. Practicar de forma metódica me hacía sentirme realmente bien… ¡Eso de aprender música estaba transformándome! No solo estaba aprendiendo música, también empezaba a ver las cosas de manera diferente, a estar más abierto y receptivo.
Uno de los descubrimientos que más satisfacción me dio fue darme cuenta de que el instrumento sonaba mejor cuando realizaba los movimientos de manera natural, espontáneamente, sin atormentarme. En lugar de golpear la batería, aprendí a dejar que las baquetas cayeran encima del tambor, dejando que la fuerza de la gravedad dirigiera el golpe. Así, el instrumento sonaba más fuerte y nítido. Para coger las baquetas sin rigidez, aprendí a hacer una pinza con los dedos pulgar e índice, dejando que los otros tres dedos acompañaran el movimiento de los dos primeros; eso me permitió ganar velocidad en la ejecución. También comprendí que para tocar más rápido no tenía por qué hacer más fuerza o tensar más los músculos, pues dejando que la baqueta rebotara se podían hacer dos golpes con un solo movimiento del brazo. Había hallado el secreto del redoble.
Pensé que si quería convertirme en un buen músico era fundamental cuidarme y cuidar el instrumento, y acabé asumiendo que para aprender música tenía que aprender también a cultivar la salud. El arte que estaba aprendiendo me dejaba lecciones sorprendentes. Y es que, si bien la música, por su naturaleza intangible, puede hacernos sentir algo muy profundo, las sensaciones que nos provoca son difíciles de expresar con palabras.
Aprendiendo la técnica del instrumento llegaba a pasármelo realmente bien. Disfrutaba haciendo ejercicios y me divertía descubriendo nuevas sensaciones. Velocidad y dinámica eran palabras que expresaban inquietudes que me hacían sentir vivo. Si bien no me era fácil de describir lo que sentía, sí que era profundamente real. Vivía una emoción que me llenaba, la de quien tiene algo auténtico entre las manos. Practicando, constaté que no era lo mismo hacer un movimiento de brazo, que hacerlo de muñeca o de dedos; y exploré cómo se podía dar dinámica al ritmo combinando las diferentes formas de tocar.
Al tocar, me esforzaba en enfatizar la dinámica. Para que la música cobrara vida tenía que realzar los acentos, a fin que se distinguieran de las otras notas. Además, entre los acentos y las notas corrientes comencé a dejar que las baquetas se apoyaran suavemente sobre los tambores, de manera que surgiera una nota sugerida que todavía enriquecía más el ritmo, envolviéndolo.

Apreciando la dinámica musical de la percusión llegué a discernir la noción de patrón. El ritmo seguía un patrón. La esencia del ritmo estaba en los acentos, pero entre ellos y las notas restantes se podía reconocer un patrón rítmico. Cada pieza musical era un juego en torno a un patrón, que podía aparecer cabal o solo insinuado, pero que siempre estaba allí, camuflado entre el ritmo y dándole sentido. El diálogo que nacía de las diferentes intensidades sonoras estaba dirigido por un guión: el patrón, la estructura interna.
Un día que estaba observando detenidamente las diferentes formas de moverse de las extremidades y visualizando la extensa gama de colores que hay entre el golpe más basto y la caricia más dulce, me pareció entender que lo que permitía el movimiento no era otra cosa que una quietud encubierta. Me pareció percibir la existencia de una quietud implícita en todo movimiento. Reflexionando sobre ello y sobre la coherencia de lo que sentía, me imaginé llenando de agua un vaso, y al llenarlo no podía estar suprimiendo su espacio vacío, sino solo ocupándolo. Concluí que lo lleno requiere de lo vacío; que el movimiento nace de la quietud; la música, del silencio. Y los silencios que dejaba la música no me parecían sino la evocación o una reminiscencia del otro silencio, el silencio profundo. Y yo empezaba a sentir que el vacío me llenaba.
Seguí tocando, entendiendo que no era yo quien tocaba, sino que, de hecho, los movimientos se efectuaban solos, cuando yo los permitía. Yo sentía que más que tocar debía limitarme a dejar que el instrumento fuera tocado. Debía olvidarme del cuerpo y centrarme en percibir una quietud imperecedera. ¡Solo tenía que dejar caer las baquetas encima de los tambores! Puede parecer paradójico, y a mí mismo me pareció asombroso, pero lo cierto es que el músico y la música son inseparables: si el músico se para, la música se desvanece; y yo más que a ser músico, estaba aprendiendo a hacer música, o mejor dicho, a permitirla. No sé si me entienden… No quería tocar un instrumento, ¡quería darle vida a la música!
Aprendí a coger las baquetas igual que el pintor coge el pincel: con intención, pero sin rigidez ni blandura. Y procuraba mantener una quietud activa, lo que permitía que cada golpe se efectuara con la fuerza justa en el momento adecuado. Mi trabajo estaba en la intención, no en el golpe. La caída de la baqueta no es nada más que lo que ocurre cuando el baterista alcanza una intención precisa. Es como la fruta que cae del árbol cuando está madura.
Yo ya no entendía la quietud como la carencia de movimientos ni el silencio como una mudez de los sonidos. Mis perspectivas habían cambiado y ahora percibía que el movimiento nacía de la quietud, y que el sonido nacía del silencio. Por muy rápido que tocara, sentía que no desaparecía la quietud perpetua, y ya no tenía prisa por aprender. No sentía ya ansiedad por mejorar. Había alcanzado una experiencia que me aportaba paz y alegría. Tocaba con intención.
Tocando con una conciencia activa me encontraba bien. Nunca antes había sentido tanta vitalidad, ni tanta lucidez. Aprendí música jugando. Jugaba con el instrumento, con mi cuerpo, y con la dinámica que se creaba entre ambos, una dinámica que adquiría vida propia y que nos convertía, al músico y al instrumento, en meros agentes que permitían la presencia de la música.

Vacío, intención y patrón eran ejes que guiaban mi actividad. Discernir esas nociones fundamentales me ayudó a ordenar la mente. Empezaba a entender las reglas del juego y, viéndolo con perspectiva, hoy sé que no solo estaba gozando del arte de tocar la batería, sino que al aprender música había estando asimilando otro arte: el arte de cultivar el qi, el aliento vital del que deriva todo lo existente. Claro, en aquel momento todavía no lo llamaba qi, pero era perfectamente consciente de que con mi arte estaba trabajándolo. Sin duda, mi manera de practicar con la batería era algo comparable al qigong, el arte del movimiento guiado por la intención. Al tocar, parecía que danzara.
La música había hecho que cambiara mi manera de ver el mundo y de entender mi propio cuerpo, y con ello sentí un placer y una satisfacción enormes. Descubrí que había adquirido unas perspectivas que jamás hubiera imaginado que se podían mantener y constaté que, de no haberlas mantenido, no hubiera aprendido lo que había aprendido; ni hubiera entendido todo lo que había entendido.
Sin embargo, después de que pasara un tiempo, algo cambió, y dejé de ejercitarme con suficiente disciplina. De alguna manera, y sin saber porqué, empezaron a aparecer unas trabas que ya no me permitían tocar con fluidez ni me dejaban sentir la libertad y el gozo que sentía antes. Además, a pesar de estar obcecado, seguí tocando sin practicar los ejercicios de la manera adecuada, sin moverme sintiendo la quietud, sin concentrar la mente solo en la música. Estaba disperso y me dolían los brazos cada vez que cogía las baquetas. Solo con sentarme en el sillín ya sentía que no estaba cómodo, y cuánto más rato tocaba más daño me hacía. Todo el antebrazo se me ponía rígido y sentía un fuerte dolor que me impedía seguir tocando.
Había olvidado mi qigong, y había seguido tocando a pesar de sentir molestias en los brazos y los dedos. Me movía mal, estaba tenso y había perdido la alegría. Había desaprendido algo. Creo que al perder la cordura, había surgido el dolor.
Busqué ayuda para aliviar los dolores y acudí a una consulta de medicina china. Sorprendentemente, en la primera sesión de acupuntura percibí algo maravilloso: que la salud viene de dentro. Sentí la salud surgiendo de mi interior. Hallé un gozo que hacía tiempo que no sentía, acompañado de una sensación de seguridad innata, como si volviera a ser yo mismo. Estaba recuperando la conciencia sobre mi organismo, que había olvidado. En una sesión, recuperé la sagacidad, el vigor y el bienestar que había perdido. La medicina china sabía darme exactamente lo que yo necesitaba. Necesité pocas sesiones más para que el dolor desapareciera, y si alguna vez volví a sentirlo, nunca requerí muchas visitas para aplacarlo.
Yo no acudí a la medicina china solo para resolver un trastorno, sino que deseaba mejorar mi salud, pues sabía que eso era una condición para poder mejorar como artista. Efectivamente, aparte de ayudarme a encontrarme bien, la medicina china había conseguido hacerme recordar cómo debía hacer las cosas. Recuperé actitud. Por si fuera poco, al explicarme el tratamiento, el médico chino aportó unos argumentos que me parecían excepcionalmente coherentes. Resultaba que una tradición del Extremo Oriente hablaba de algo que yo conocía pero no sabía explicar. A medida que me recuperaba, aprendía también a verbalizar mis sensaciones. Con la medicina china comprendí algo que antes ya había aprendido con la música. Comprendí que uno no puede concebir lo que no conoce.
Empecé a estudiar los fundamentos de la medicina china, pues me recordaban lo que había descubierto antes con la música, y me parecía comprender que el saber médico chino da gran importancia a lo que sentimos, no solo a lo que vemos u oímos. A medida que iba estudiándola, comprendía que la medicina china solo puede ser entendida en el seno de su peculiar sistema de pensamiento, pues vista desde fuera, puede no parecer coherente.
Para comprender el entramado de la sabiduría de curación china hay que acercarse a ella sin ideas preestablecidas, pues uno descubre que lo que le parecía irrefutable puede ser aprehendido de otra manera. Abrirse al conocimiento que atesora la medicina china requiere de un aprendizaje nada desdeñable, pues implica reconocer un arte médico que nació hace por lo menos dos mil años, cuyos principios son herencia de un conocimiento tradicional que hace inventario de todo cuanto existe según unos criterios muy diferentes a los que aquí solemos mantener.
Sin embargo, a pesar de su lejanía, la medicina china me iba contando ideas que yo había ido intuyendo. Sus pilares eran mucho más que meros conceptos abstractos o filosóficos; eran evidencias tangibles que yo había podido percibir mucho antes de conocer la medicina china. Lo cierto es que no hace falta practicar qigong para sentir fluir el qi dentro del cuerpo: quien observe atentamente sus movimientos, podrá atestiguar el qi. En efecto, comprender las ideas profundas era más una cuestión de sentir que de reflexionar.
La medicina china me acercaba a mi propia salud, y también a mi arte, pues para mí, salud ya no significaba ausencia de enfermedad. Salud significaba vitalidad y sensatez. ¡Salud significaba buena música! Recuperar la salud significaba volver a ser un artista. Recordé que ya hacía tiempo que había descubierto que cuando tocaba sin forzarme, el instrumento sonaba mejor. O que si tocaba tenso, perdía el tempo. Retomé mi camino y volví a practicar con el instrumento, convencido de que aprender un arte es también aprender el arte de la vida.
La medicina china me había enseñado que la música me ofrecía la posibilidad de aprender a vivir saludablemente, que la música me daba un camino para acercarme a mí mismo y me enseñaba a reconocer mi naturaleza. Ahora ya no solo quería ser músico para fundirme con la música, sino también para ser yo. Quería conocerme, cuidarme, sacar lo mejor de mí, y en ese sentido tanto la música como la medicina china me habían dado lecciones muy reveladoras. ¡Cómo no! resultó que la medicina china aceptaba la palabra afinación como sinónimo de salud. Claro, ¡estar sano es estar afinado!
Seguí practicando el arte de la música a la vez que aprendiendo sobre esta milenaria medicina que no aspira solo a promover la salud combatiendo las enfermedades, sino, sobre todo, ubicando a la persona en aquel punto que le retorna su lozanía. Así es como, en el arte de la acupuntura, «la eficacia se manifiesta como el viento que dispersa las nubes y permite que se despeje el cielo».[2] Sí, ¡lo que yo sentía se podía explicar!
Y una vez descubierto todo eso, tenía muchas ganas de compartir mis descubrimientos, porque estaba sorprendido del poco espacio que podía tener a mi alrededor una perspectiva que me parecía tan profunda. Y tramé un plan. Decidí encontrarme con algunos de los más destacados practicantes de medicina china de nuestro país, para hacerles explicar con sus palabras qué se sabe de esa medicina que incluso en un momento de gran auge sigue siendo tan desconocida.
Creía necesario explicar qué era eso que a mí me había curado a la vez que me había ayudado a entenderme de otra manera. Me parecía interesante explicar la idea que yo tenía de la medicina china, pero no me pareció estar suficientemente preparado para hacerlo. No es fácil explicar la medicina china. Es más, cada uno la explica a su manera, así que pronto tuve la idea de entrevistar a quienes eran una referencia en la materia. Sin duda, me pareció un modo apropiado de mostrar la pluralidad de perspectivas existentes en torno a ella.
Sinceramente, aprender medicina china en Occidente no es fácil, pues sus prácticas se asientan sobre un discernimiento que no solemos reconocer, que no es fácil de comprender y que no se asimila solo con memorizar teorías. Palabras como qi, yin yang o wu xing nos quedan muy lejos y no es nada fácil traducirlas, pero es imprescindible comprenderlas para conocer el alcance de una medicina que se basa en ellas. Por otra parte, no podremos analizar qué entraña la medicina china si no nos acercamos a sus principios. Para dominar el arte de la acupuntura no basta con empollar puntos y para ejercer la medicina herbal no es suficiente con conocer las indicaciones de las materias. Acercarse a la medicina china implica aprender a ver las cosas y a sentir el cuerpo de manera diferente. Creo que la clave está en adquirir perspectiva.
Espero que este libro acerque un poco la medicina china a nuestros conciudadanos y que sirva para dar a conocer la realidad de quienes la practican. Mi propósito no es otro que poner encima de la mesa cómo se expresa actualmente la medicina china en España, para abrir un espacio de diálogo y poder determinar cómo puede la medicina china, hoy, seguir siendo una medicina viva.

 

[1] Confucio, Lun yu. Traducción de Anne-Hélène Suárez. Ed. Kairós, 1997.
[2] Lingshu, Pivot merveilleux. Traducción y comentarios de Constantin Milsky & Gilles Andrès. Ed. La Tisserande, 2009.

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